Portugal, sin fronteras

Tengo la suerte de vivir en una ciudad a media hora de otro país, y esto es una suerte en todos los sentidos, porque desde pequeña, cuando todavía se pedía el pasaporte en la frontera, pude impregnarme de dos culturas diferentes, y reconocer las diferencias entre mi país y el vecino.

Una de las ciudades más importantes de ese país, Oporto, queda a tan sólo hora y media en coche, por lo que queda más cerca que llegar a gran parte del territorio de mi comunidad, y así para mí nunca hubo fronteras, había un mundo lleno de posibilidades, dos idiomas que se entrelazaban, y dos culturas que se hermanaban. De pequeña pasaba Navidades allí, y en realidad nunca supe distinguir cuales son los platos típicos de las Navidades portuguesas y cuáles son los típicos de mi región. Oporto siempre formó parte de mi vida.

Cuando ya estaba en la universidad, y la idea de hacer una erasmus comenzó a rondar en mi cabeza, decidí hacerla en Lisboa, ciudad de la que simplemente me enamoré, y cada día que pasó desde que se acabó mi erasmus, pensaba que mi destino era volver. Y volví, pero la vida adulta no era tan bonita obviamente como la erasmus, y por circunstancias personales, después de dos años me fui, con Lisboa grabada en el corazón.

Suelo ir a Valença, el primer pueblo después de la frontera, muy a menudo, a comer bacalao y hacer la compra en el Continente.

Vuelo casi siempre desde el aeropuerto de Oporto, a donde también intento ir siempre que puedo a deleitarme con la gran ciudad europea en la que se ha convertido, a beber vino en sus bodegas al otro lado del río, y a trasnochar en Clérigos.

Vuelvo a Lisboa varias veces al año, a probar sus nuevos restaurantes, pasear por la orilla del Tajo, y perder la mirada en sus miradores.

Además, últimamente estoy conociendo muchas otras zonas como el Alentejo o Madeira, en donde Portugal ya ha acabado de enamorarme.

Y es que este país, con su deliciosa comida, su historia, sus azulejos, sus calles empedradas, sus playas acantiladas, su vino, su olor a brasa y su fado… ¿a quién no va a enamorar?

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